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ABC│SÁBADO
9/9/2006│
TRIBUNA ABIERTA
“UNA PROMESA A NUEVA
ORLEÁNS”
Por
Eduardo Aguirre, Embajador de Estados Unidos en España y Andorra
Hace un año, Estados Unidos sufrió la mayor catástrofe natural de su historia.
En los estados de Luisiana, Misisipi y Alabama, el huracán Katrina destruyó una
zona del tamaño de Gran Bretaña. La preciosa ciudad de Nueva Orleáns, en la que
pasé mi juventud, quedó inundada cuando las aguas del lagó Pontchartrain
hicieron ceder los diques. El 80 por ciento de la ciudad quedó cubierto por el
agua, siendo los barrios más pobres los más seriamente afectados. El huracán
causó mil muertos, y cientos de miles de habitantes se vieron obligados a dejar
sus casas. La tormenta produjo daños materiales por valor de más de 80.000
millones de dólares y afectó a miles de empresas y decenas de miles de hogares.
Al igual que los maremotos que asolaron las costas del océano Indico en
diciembre de 2004 y el terremoto que sacudió Cachemira en octubre de 2005, el
Katrina nos recordó una vez más la impresionante e implacable fuerza de la
naturaleza.
Pero en los momentos de sufrimiento más difíciles, estas catástrofes también nos
recuerdan la extraordinaria fuerza del corazón humano y los vínculos
indestructibles que unen a toda la Humanidad. La capacidad destructiva de la
naturaleza es casi ilimitada, pero la empatía y la compasión humanas son
igualmente inmensas.
Una destrucción tan extraordinaria podría conducir a la desesperación, pero el
raudal de altruismo y solidaridad tras esta catástrofe es enormemente
confortante y esperanzador. A través de innumerables actos de valor, vimos lo
mejor del corazón y del espíritu de los norteamericanos en la respuesta ante el
huracán Katrina. Los hombres y mujeres de la Guardia Costera y de la Guardia
Nacional arriesgaron sus vidas para rescatar a cientos de víctimas asiladas,
incomunicadas por las aguas, llevar alimentos y agua potable y dar refugio a
miles de personas. Más de 100.000 estadounidenses se ofrecieron para ayudar a
través de la Citizen Corps Network y proporcionaron atención médica,
transportaron material de ayuda y retiraron escombros.
Vimos ese corazón y ese espíritu en numerosos actos de generosidad. Los
estadounidenses hicieron donaciones por un valor total de más de 4.000 millones
de dólares a la Cruz Roja y otras organizaciones humanitarias, como el Bush-Clinton
Katrina Fund, encabezado por los dos ex presidentes. El Katrina golpeó justo
antes de que comenzara el curso escolar y dejó a miles de niños sin colegio ni
libros de texto. Houston, mi ciudad de adopción, en Texas, reaccionó rápidamente
y en unos días acogió en sus colegios a casi 2.000 niños de Nueva Orleáns.
También vimos lo mejor de la comunidad internacional. Aquí, en España, me
emocionó y conmovió ese mismo espíritu de solidaridad y generosidad. Quiero
reiterar mi agradecimiento al Gobierno y al pueblo españoles por su ayuda.
España aportó más de dieciséis toneladas de material humanitario, ayuda que no
sólo necesitábamos mucho, sino que también apreciamos enormemente. Recuerdo como
si fuera ayer cuando estaba en la pista de la base aérea de Torrejón viendo
despegar los dos aviones Hércules, y mi corazón rebosaba gratitud al saber que
Estados Unidos puede contar con España en sus momentos de necesidad.
Nos llegaron infinidad de condolencias y ofrecimientos de ayuda de los líderes
políticos, empresariales y sociales españoles. Desde un concierto de jazz
organizado espontáneamente, destinado a recaudar fondos para los músicos de
Nueva Orleáns desplazados, hasta los muchos mensajes de sincero pésame del
pueblo español, España demostró la solidaridad y la generosidad por las que su
gente es famosa. Estados Unidos es un país rico, por supuesto, y cuenta con
muchos recursos materiales para responder a este tipo de tragedias, pero una de
nuestras mayores fortunas es nuestra riqueza en amigos incondicionales y fieles,
como España.
Hemos cometido errores en la respuesta a la destrucción causada por el Katrina.
Los gobiernos local, estatal y federal no se comunicaron adecuadamente y no
coordinaron las tareas de ayuda, y la consecuencia fue el sufrimiento de los
ciudadanos. Como ha dejado claro el presidente Bush, vamos a aprender de esta
tragedia y a estar mejor preparados para futuros huracanes. Como también señaló
el presidente, nos hemos comprometido a reconstruir Nueva Orleáns y la zona de
la costa del Golfo de México.
El Gobierno federal ya ha destinado más de 110.000 millones de dólares a la
recuperación de la región. Estamos construyendo una Nueva Orleáns más fuerte y
con más esperanza. Esa esperanza comienza con unos diques más fuertes, y por eso
el Cuerpo de Ingenieros del Ejército está reparando los daños y reforzando el
sistema de protección ante inundaciones, de 350 millas, alrededor de Nueva
Orleáns. Actualmente, casi todo el sistema está reparado hasta, al menos, el
nivel en el que se encontraba antes del Katrina, y en muchos lugares es
significativamente mejor que antes del huracán. Se han retirado casi diez
millones de toneladas de escombros dispersos por toda la ciudad a causa del
huracán. Estamos trabajando para rehabilitar las casas por medio de préstamos y
créditos especiales, relanzar la debilitada economía de la ciudad con zonas
empresariales e incentivos fiscales y reconstruir los colegios.
Un primer aniversario no es una línea de meta. Sigue habiendo muchos retos
desalentadores y las palabras no los resolverán: sólo el trabajo duro y la
determinación. Durante decenios, Nueva Orleáns hizo gala de una bien merecida
fama de apasionante y apasionada pieza del rico mosaico que es la sociedad
estadounidense. Los estadounidenses nos hemos prometido que la bulliciosa
Crescent City brillará de nuevo con esperanza y con orgullo, y cumpliremos esa
promesa: Nueva Orleáns volverá a ser lo que era.
página del Embajador Aguirre ^
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